Los primeros cristianos vivían su fe con entusiasmo, sin miedo y mirando siempre hacia adelante porque sabían perfectamente que Dios estaba con ellos
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Y es que la palabra «entusiasmo» viene del griego y significa literalmente «tener un dios dentro» y unas ganas locas de vivir.
Jesús, al despedirse, nos dejó claras dos cosas:
1 – Siempre que guardemos su palabra, estaremos dando vía libre a que el Dios- Amor se aposente en nuestra «vasija de barro», y permanezca siempre dentro de nuestro ser.
Por eso, decía San Juan de la Cruz que «el fondo del alma es Dios».
Nosotros somos su casa y su morada… el lugar de encuentro del Padre – Madre Dios, con cada uno de nosotros.
Una morada es el lugar donde se mora, donde se está, donde se vive … no es un lugar de cita, ni es una pensión alquilada ni un lugar que se frecuenta de vez en cuando…
Así se explica que el Libro del Apocalipsis cuando describe la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que simboliza la comunidad cristiana, construida sobre el fundamento de los apóstoles diga: «Templo no vi ninguno porque Dios mismo la llena con su presencia».
O sea, que está claro que las primeras comunidades cristianas eran conscientes de que no necesitaban templos porque sabían muy bien que el templo de Dios eran ellos mismos… y que el verdadero espacio sagrado es el cuerpo humano.
Y eso lo aprendieron del mismo Jesús picapedrero cuando dijo:
«Destruid este Templo (el de Jerusalén) y yo en tres días lo levantaré… y se refería al Templo de su cuerpo»
Según lo cual la sacralidad de los antiguos templos ha pasado a los seres humanos en quienes Dios habita… y la dignidad de los templos suntuosos ha pasado a la dignidad sagrada de la persona humana.
2 – Y su presencia en nosotros, será una fuente de verdadera paz y de profunda alegría.
Una paz que no tiene nada que ver con esa tranquilidad forzada que nos quieren imponer los que dominan el mundo… contando con nuestro silencio y complicidad…
El caso es que todos decimos que nuestro mayor deseo es la paz… pero no es eso precisamente lo que más se nos nota…
Porque ¿cómo podemos decir en serio que deseamos la paz, sí seguimos haciendo negocio con los preparativos para la guerra?
La verdad es que, en el fondo, no deseamos la paz… ni podemos vivir en paz…
– porque no estamos en paz con nosotros mismos…
– porque estamos en deuda con los pobres, que no son fruto de la casualidad ni de la fatalidad, sino consecuencia de la injusticia y de una terrible desigualdad planetaria…
– porque estamos en deuda con Dios, que ha creado el mundo para todos sus hijos y no permitamos, que muchos de ellos, lo puedan disfrutar.
Manuel Velázquez Martín.
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